Sofá rojo de tres plazas

 

Absorto en su teléfono, sentado en una esquina del sofá rojo de tres plazas,

sus ojos subían y bajaban de vez en cuando

y un dedo le ayudaba a pasar página,

ella reposaba la cabeza en la otra esquina, estiró las piernas hasta encontrar un hueco para los pies debajo de sus muslos, (estoy aquí), tengo frío, ¿te importa?,

no solía haber respuesta, pero tampoco parecía una molestia,

la tele de fondo, vomitaba destellos que ella miraba sin interés,

estaba esperando un movimiento inusual en él, ¿vamos a la cama? (me quiero acurrucar)…

 

Él no la escuchaba, sólo sentía el frío de sus pies.

 

En un órdago de valentía, ella le dijo a su perfil:

 

-Te quiero, pero no te necesito,

 

él, en su silencio y sin responder, le dijo:

 

-Te necesito, pero no te quiero.

 

La culpa era del sofá rojo de tres plazas y pagado a plazos, que siempre... fué incómodo.

 

Cuentos de Baobabs

Cuentos de Baobabs

 

 

 

Cuentan que él siempre estaba cerca de ella. Sin invadirla.

Desde su refugio, en un obligado exilio, ella era hogar.

Dicen...

que cuando  cogía su mano, y sonreía, en ése diminuto instante en que la vida se concentra en dos miradas que se cruzan,

ella quedaba atrapada en el fondo de sus ojos, y lograba viajar con él hasta una sombra  bajo un árbol en Senegal.

Cuentan...

que nunca pedían permiso para preguntar, porque la respuesta siempre era verdad.

Dicen...

que departían sobre el paradero de la ternura, de perseguir los sueños, de la humanidad y el dolor...

él hablaba en cuatro idiomas sobre el amor.

Cuentan...

que cuando entrelazaban las manos de ébano de él con las pequeñas blancas manos de ella, se conformaba la figura redonda de la tierra.

Dicen...

que mezclaban lágrimas y pétalos de rosa para la cena, cuentan que podía olerse el presente en todas las casas del barrio, mientras removían lentamente el cous cous con aceite de coco y aromatizaban el futuro entre clavo, tomillo y orégano…

Cuentan...

que él necesitaba volar y que ella tanto lo quería, que acarició sus alas para dejarlo marchar

 

Cuentan que ahogaba el llanto en té mientras coloreaba Baobabs…

 

 

 Nada

Sentados uno frente a otro en la pequeña mesa blanca de la cocina, removían acompasados y lentamente el azúcar en sus tazas de café.

-Tienes la mirada perdida...¿en qué piensas? - preguntó taciturna.

-En Nada - respondió dejando caer los párpados lentamente.

Pero lo hacía, inconscientemente pensaba en cuánto le gustaba verla con el cabello alborotado,

pensaba en sus enormes ojos oscuros, aún achinados después del sueño.

Le encantaba ver cómo tomaban forma mientras amanecía su rostro al nuevo día, le hipnotizaba el lunar en su hombro izquierdo, que ahora escapaba de la camiseta tres tallas más grande con la que dormía.

Le enamoraba cómo untaba lentamente la mantequilla en las tostadas, para ofrecerle siempre la primera y más tierna,

y le fascinaba que cantase bajito desde que se levantaba...

Pero una vez más, tras la pregunta incómoda, no dijo Nada

y ella

una vez más,

se quedó sin saberlo.

 

 Metamorfosis

 

 

Mientras observaba los angelotes del techo del Paraninfo y Anca Smeu hacia el amor a un Stradivarius de 1707, ella, que era una y la tarde muy distinta a cualquier otra tarde, se entregó a la imaginación...

Disfrutando de una evocadora tarde añil...

Por un instante lo imaginó a él, que también era uno,
lo dibujó en sus planes de vivir con la risa por bandera y también en el atardecer de los domingos, entraba en la ducha,
en la sábana y el calcetín perdido

Entraba por la ventana, abriendo la jaula,
salvando los candados y la distancia

Llegaba para acurrucarse en el sofá de los juegos,
junto a una gata blanca y los antihístamínicos
en una perfecta mezcla de ausencia de prisa y justas dosis de sonrisa

Entraba un arco iris por la puerta provocando que lo hicieran canción,
lo imaginaba a él taciturno, acompasado con ella,
tan diurna
incluso a falta de sol

Imaginaba que entraba en sus sueños
con un cuento improvisado desde un espacio exterior.

Imaginó que podría ser
colina por la que rodar
y que lo podría esperar
en el andén n° 1
de cualquier estación

Imaginó que podrían sincronizar el café de la 13:00 para él
junto a su clara de limón
sin importar el desencuentro del sabor...

La imaginación metamorfoseó
hacia un dulce sueño
en el que él era poema
y también abrazo a un almendro en flor.

 

Es una florecita...muy delicada

 

El armario donde acababa de encerrar a su muñeca era gigantesco, de madera vieja y con olor a rancio.

 

Oscuro, con adornos retorcidos en la altura y grotescas llaves para sus ajadas cerraduras.

 

Siempre lo había mirado hacia arriba, con la perspectiva de un enano. Treinta y cinco años después, se sentía tan diminuto como entonces cuando lo observaba.

 

Sintió como los músculos de su cara se tensaban recordando cuántas veces se había encerrado acurrucado y abrazando a su muñeca en aquel espacio oscuro, mientras en sus oídos retumbaban sin descanso los gritos de los niños del barrio transformados en cantinela:

 

 

-Miguel es una nenaza, juega con muñecas, Miguel es una florecita...muy delicada.